A la contra *

Por Nacho Vegas y Roberto Herreros

En su álbum de 2015 Canta y no llores, la banda argentina Kumbia Queers incluye una canción llamada “Contraindicaciones” cuya letra merece la pena reproducir íntegramente para introducir estas líneas:

Somos la voz sin miedo, somos alaridos de los que cayeron,
somos otra voz que no tiene dueño, no pertenecemos,
no tengo nación ni consuelo.
Somos efectos adversos,
contraindicaciones de sus pensamientos,
somos el concepto de lo que quisieran ver muerto,
no tengo razón ni consuelo, por eso no tengo miedo.

Más de cuatro décadas antes, en 1973, el cantautor uruguayo Afredo Zitarrosa, maestro de canciones campesinas, chamarritas y milongas, escribía sus “Contracanciones”; tres piezas inclasificables, poemas torrenciales recitados sobre una instrumentación exquisita combinando lo popular y lo orquestal que se mueven entre la rememoración de recuerdos pasados, la impotencia del presente y el augurio de un negro futuro, el mismo que llevaría a Zitarrosa al exilio durante la brutal dictadura militar que comenzó aquel año en su país. Esas composiciones solo verían la luz años después dentro de su álbum Guitarra negra, registrado en Madrid en 1977.

Un año antes, en 1976 y también en la capital española, el dúo Vainica Doble sorprendía a propios y extraños con el álbum Contracorriente, su disco más subversivo, con memorables alegatos anticolonialistas como “Déjame vivir con alegría” o himnos al empoderamiento personal como su revisión de la popular “Eso no lo manda nadie”. Vainica Doble -Carmen Santonja y Gloria van Aerssen- provenían de una clase social acomodada. Tampoco venía de mala familia Chicho Sánchez Ferlosio, uno de los más grandes cantautores españoles, el más libertario, el único en su generación que renunció a formar parte de la cultura oficial. En 1978 vería la luz A contratiempo, su único álbum, aunque no dejaría de actuar y de colaborar hasta el final de sus días. En el disco y recogidas en directo se encuentran canciones tan vigentes y poderosas como “La paloma de la paz”, “Gallo rojo, gallo negro” o la que da título al disco, con letra de otro ilustre inadaptado al oficialismo cultural como fue Agustín García Calvo.

A contracorriente, así nada el salmón cuando va a desovar, y así tituló Andrés Calamaro a su quíntuple CD de 2000. El salmón, más de un centenar de canciones y todo un órdago inédito a la industria musical tal y como la conocíamos que daba cuenta de la incontinencia creativa del argentino una década antes de que empezara a diluirse en sus delirios (humanos y taurinos).

La experiencia de los raperos de los suburbios franceses merece ser destacada. Bandas como Suprême NTM o IAM lograron algo extraordinariamente importante: se ganaron a los hijos de las clases medias francesas y por esa vía lograron el reconocimiento de las banlieues como realidades no meramente negativas. En definitiva significaron un auténtico contrapeso -él único- al discurso criminalizador de los medios y al silencio confundido de la izquierda parlamentaria. Los chavales de la banlieu no estaban dispuestos a aceptar su papel de víctimas pasivas. Varios de los representantes más destacados de aquella escena explicaban que no eran políticos y que, si lo que ellos hacían es política, nada tenía que ver con la pantomima de los políticos profesionales.

Y así podríamos seguir poniendo ejemplos de músicos de diferentes estilos, credos y procedencias que sin embargo tienen en común algo: de alguna manera, en algún momento, fueron a la contra.

En estos tiempos vemos cómo se resignifican una y otra vez conceptos para convertirlos en armas arrojadizas en el debate político: populismo, transversalidad o hegemonía son algunos de ellos. Sin meternos en el farragoso terreno exclusivamente político, sí merece la pena pararse a revisar la aplicación cultural que pueden tener estos conceptos. Hablamos en otra ocasión de la necesidad de atender a una dimensión populista necesaria para la música popular, que se puede resumir en la conciencia antielitista de lo popular como cultura difundida en clave horizontal, tal y como sucedió durante miles de años antes de que el capitalismo la convirtiera en pura mercancía. Esta conciencia populista solo puede reflejarse en actos que reivindiquen aquello que hace de la cultura popular algo necesario y poderoso más allá de los caprichos a los que la somete el mercado.
Cuentan del arriba citado Alfredo Zitarrosa que, en una ocasión, lo contrataron para interpretar siete canciones durante unos carnavales. Antes de comenzar, el empresario le dijo que finalmente solo podría pagarle la mitad del dinero acordado. Zitarrosa subió al tablado, agarró su guitarra, tocó tres canciones y se detuvo en mitad de la cuarta. “Me pagan por cantar estas tres canciones y media, sepan disculparme”, dijo a los asistentes. “Ahora si quieren seguimos en el boliche de la esquina”. Y actuó durante dos horas de forma gratuita para la gente en un local al final de la manzana. Es esto lo que entendemos por populismo.

La transversalidad ha sido otro término puesto en entredicho. Sus detractores lo identifican con un interclasismo opuesto al axioma de la izquierda de la lucha de clases; a la propia PAH se la criticó en sus inicios por ser un movimiento interclasista, y sin embargo ahora solo un ciego dejaría de reconocer que la plataforma ha escenificado mejor que ningún otro agente social la lucha de clases desde el 15M e incluso ahora oímos cómo se reivindica para Podemos la transversalidad de la PAH; esa y no otra. En términos culturales, poco se puede decir. La música, la cultura popular seguirá existiendo pase lo que pase, solo se puede acabar con ella si se extermina a toda la raza humana. El mercado no tiene más que tomarla, comercializarla y, en las últimas décadas y a través de la revolución neoliberal y su sociedad hiperconsumista, convertirla en signo de distinción antes que de empatía. La música hoy se consume, no se escucha. Quieren que nos definamos por aquello que consumimos, no por lo que somos. La deriva elitista de la música popular es transversal como ella sola; suele hacerse de abajo a arriba. Se trata, en definitiva, de hacer más y más rentable aquello que durante siglos fue un bien común. Nos preguntamos si en los estudios de mercadotecnia se utiliza el término transversalidad con el mismo entusiasmo con el que lo pronuncia una parte de la nueva izquierda.

De lo que nadie ha dudado en hablar es, Gramsci mediante, de hegemonía cultural. Sin embargo, cuando se menta ese sintagma no se está hablando de cultura popular: se trata más bien de ideas y de seducciones, de eso que ahora llaman los think tanks. Y la mala noticia es que en esto también va ganando la derecha. Para saber cómo lo ha hecho no podemos dejar de recomendar la serie de artículos que Carlos Prieto, con su sección Animales de compañía en El Confidencial, le dedica al asunto.
Pero si identificamos hegemonía cultural con cultura oficial, es preciso hablar de la Cultura de la Transición (CT), el término acuñado por el periodista Guillem Martínez que, en pleno clima post 15M, sirvió a buena parte de una generación para diagnosticar aquello que hasta entonces nos resultaba tan difícil siquiera nombrar a pesar de percibirlo con cada vez más rechazo. Por ceñirlo a la música, hay dos momentos claves e interconectados: la que podríamos llamar hegemonía de la Transición en sentido propio, con La Movida como eje central y con un puñado de nombres conocidos y de locales madrileños como referentes, y la que se podría llamar hegemonía neoliberal, fraguada en la última década felipista pero apuntalada en los años del aznarato (1996-2008), que tuvo su su correlato musical en el indie (con otros referentes) y acabó deviniendo en la cultura hipster. La diferencia estriba en que en el primer caso los referentes son nombres muy conocidos, famosos y algunos de ellos adinerados, y los lugares eran tugurios excitantes del centro de Madrid como Rockola. En el segundo advenimiento de la cultura hegemónica tenemos a una escena en absoluto popular –el indie– pero sí sobredimensionada por los medios, con un par de nombres de referencia por cientos de músicos trabajando en condiciones precarias y algunos lugares que a todos nos vendrían a la cabeza: pongamos por caso el FIB o el Primavera Sound. De la fama subvencionada a la precariedad, de las salas de conciertos a los macroeventos: todo ha sido un negocio redondo para aquel que quisiera verlo, y también un desagradable espejismo (contra)cultural para muchos otros. La CT fue orquestada por el PSOE para crear un modelo cultural coloreado que escenificara la ruptura con el franquismo en blanco y negro, hedonista y un pelín transgesor pero sin meterse en camisas de once varas como las que estaban haciendo del País Vasco un polvorín, y muy inteligentemente asumida por el gobierno de Aznar, que invitó a toda la farándula progre a merendolas en Moncloa. La escena indie no interesaban en absoluto al poder, pero para los grandes medios de comunicación suponía algo emergente, moderno y nada problemático: perfecto para ser visibilizado a tope, mucho más sugerente que los dinosaurios del rock español. Con la cultura hipster, este interés se extendió a todos los rincones de la sociedad de consumo. El aire cultural que se respiraba especialmente en los centros de las ciudades actuó realmente como un potente narcótico que nos anestesió políticamente.

La situación de la cultura hoy, entendida en sentido amplio, es preocupante, pero no tenemos que mirar muy lejos para comprobar de dónde venimos. En la década pasada el cierre del diario Egunkaria decretado por el juez Juan del Olmo trajo consigo numerosas detenciones, torturas y supuso el aplastamiento de años de trabajo periodístico. Siete años después fueron absueltos y una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó al estado al pago de 24 000€ por negarse a investigar las denuncias por torturas, pero el daño ya estaba hecho. En esos mismos años, músicos como Soziedad Alkohólika o Fermin Muguruza sufrieron persecuciones judiciales y mediáticas y boicots. Entonces aún no había llegado la era de la sobreinformación y del ciberfetichismo de las redes sociales y da la impresión de que la respuesta civil a estos actos represivos fue más tímida de lo que merecía. Ahora las cosas suceden demasiado deprisa, y enseguida surge el monstruo mediático que tiene como enemigo nº 1 a todo lo que huela a Podemos o a cualquier otro tipo de disidencia, y las respuestas por parte de las políticas del cambio no siempre han sido acertadas; en algún caso han sido bochornosas. Cuando se le hacen graves acusaciones (que acabarían en juicios) a Guillermo Zapata por un puñado de tuits, Manuela Carmena prefiere apartarlo de la concejalía de cultura en lugar de pensar que se trataba de una maniobra política sucia y vergonzante por lo absurdo del asunto. En lugar de reafirmarse, claudicó ante la presión mediática. Cuando encarcelaron a los titiriteros que luego serían juzgados por la Audiencia Nacional en otro esperpéntico episodio de sucia guerra cultural, una dirigente de la primera línea de Podemos se apresuró a condenar los hechos (no las detenciones, sino la obra que representaban los titireteros durante las fiestas de San Isidro; obviamente sin tener ni idea de lo que estaba hablando). ¿Era tan difícil haberse parado a pensar un poco, recordar lo terrible del caso Egunkaria y no entrar al juego de quienes quieren gobernar reprimiendo? Las persecuciones han continuado: Javier Krahe, César Strawberry, Valtonyc o decenas de raperos y tuiteras que se enfrentan a penas de prisión.

“El mercado capitalista apunta siempre al derrumbe de la civilización; y si aún no ha conseguido su propósito es solo porque miles de hombres y mujeres la sostienen y apuntalan cocinando, amando a sus niños, cuidando a sus ancianos, despidiendo a sus muertos y luchando por la tierra y el fuego”, escribía Santiago Alba Rico en uno de los magníficos artículos contenidos en su libro Penúltimos días. No podemos resignarnos a que la cultura popular, las canciones, formen parte de esa jungla mercantil que no muestra escrúpulo alguno a la hora de esquilmar los bienes comunes que poseen por derecho propio nuestras sociedades y nos aboquen a una lucha insana y absurda entre egos en competición. Porque si hay algo que da fe de un mundo que conserva una parte importante no mancillada por el capitalismo se trata precisamente de aquellas cosas con las que no podemos mercadear: un abrazo sincero, una caricia, una palabra amable. Y sí, una canción también. Que la música haya caído en las garras del mercado no significa que no podamos arrancársela, porque al igual que los cuidados, los afectos o los gritos contra las injusticias, las canciones siguen naciendo a pesar de un sistema hostil que las ignora, las desprecia, las persigue o trata de atraerlas hacia su redil. Pero con todo ello, no será capaz de destruir lo que es la expresión popular de anhelos, pasiones, luchas y celebraciones. Y ahí también reside nuestra fuerza.

La pregunta es: ¿cómo debe posicionarse un gobierno con respecto a la cultura? Y la respuesta es sencilla: de ninguna manera. Limitándose a garantizar el libre acceso a la cultura de toda la ciudadanía, cediendo espacios públicos para la autogestión ciudadana exenta de cualquier injerencia administrativa y bloqueando cualquier intento de tutelaje cultural (cabe mencionar que hablamos  aquí de cultura popular, no de pinacotecas o del Ballet Nacional). En este sentido un buen ejemplo lo representa el Circuito Fora do Eixo en Brasil, una estructura autónoma con capacidad de negociar con las administraciones públicas y condicionar sus políticas, buscar inversiones privadas y desarrollar nuevas formas organizativas basadas en el trabajo colaborativo. Una cultura, en definitiva, que pueda cuestionar libremente al poder y a la que el poder no pueda cuestionar, ni mucho menos juzgar. Justo lo contrario de lo que estamos viendo ahora.
Por ello, es preciso hacernos esta pregunta: ¿queremos una nueva hegemonía cultural radicalmente diferente a las anteriores, o queremos una cultura contrahegemónica? Creemos que ahora es más plausible contemplar esta segunda opción.
Volviendo a citar al gran Zitarrosa: “Las canciones no hacen la revolución, pero las sociedades consiguen cambiar las canciones de una época”. Las canciones son un fin en sí mismo, a diferencia de las organizaciones políticas, que son solo medios, herramientas de transformación (o de reacción, si nos fijamos en la práctica totalidad de los gobiernos en Europa). Por eso frecuentemente nos cuesta asociar la cultura a una política activa. Pero si algo tienen en común ambos procesos -el cultural y el político- es que pueden ayudarnos a diagnosticar los males estructurales para acabar transformando al sistema. En el tema de León Benavente “Aún no ha salido el sol”, Abraham Boba varía sucesivamente el verbo principal en cada uno de los estribillos: “Aún podemos soportar / Aún podemos aguantar / Aún podemos resistir / Aún no ha salido el sol”. Son tres sinónimos que denotan lo mismo (enfrentar aquello que nos es hostil) pero connotados de forma muy diferente. Soportar implica hacerlo con resignación; aguantar implica pasividad. Resistir, sin embargo, implica hacerlo combatiendo, oponiéndose frontalmente a las hostilidades para acabar derrotándolas (tanto si hablamos de tristezas como de injusticias) y este es el momento en el que nos encontramos, tanto política como culturalmente. Las canciones, la cultura popular como foco de resistencia activa. Cantemos, resistamos, seamos “la voz sin miedo”. Seamos contrapoder.

* A la contra fue originalmente publicado en una versión reducida para la revista CTXT

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